Los que seguimos la serie de Cuatro House, el Sherlock Holmes de la medicina televisiva, sabemos que una enfermedad llamada lupus (lupus eritematoso sistémico o LES) es algo malo. En concreto es una enfermedad autoinmune crónica que convierte al sistema inmunológico, generalmente bueno, en una especie de bandido que asalta a las propias células del organismo al que debería proteger. Sorprende - si me permites utilizar la ironía - que una palabra tan comercial e inocente como lupus la malgastemos en algo tan dañino y destructivo como el LES en lugar de aprovecharlo como marca de algún microcoche o de un refresco de moda.
En cambio, no ocurre así con la palabra estanflación (del inglés: stagflation, palabra compuesta a partir de “stagnation” e “inflation”, es decir estancamiento - o recesión - más inflación) puesto que la mera pronunciación ya nos alerta de que se trata de de algo malo. El término como su propio nombre señala y según su inventor, el antiguo Ministro de Finanzas británico Ian McLeod, significa un período en el que la economía entra una tormenta perfecta de recesión, inflación y desempleo, o dicho con otras palabras un fallo multiorgánico en toda regla - siguiendo con el símil médico – y siendo uno de los peores escenarios que se le puede presentar a cualquier país y, en definitiva, un marrón para cualquier gobierno.
El economista keynesiano de la London School of Economic William Phillips encontró cierta correlación, en el período comprendido entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, entre la inflación y el desempleo. Esto le llevó a suponer, y así creyeron muchos economistas de la época, que una política intolerante con la inflación producía desempleo y viceversa, que ciertas dosis de inflación no eran malas porque aumentaba los niveles de empleo.
La teoría de Phillips, conocida como “curva de Phillips”, estuvo muy de moda en los sesenta-setenta y arrojó a los brazos de la inflación - el impuesto de los pobres - a muchos gobiernos que pensaron que podría aumentarse el empleo – léase votos – a costa de aumentos moderados de los precios. Afortunadamente hoy en día casi ningún economista aceptaría como ciertos los postulados de Phillips, tal y como los formuló, y como mucho se aceptan variaciones que han propuesto otros ilustres economistas más modernos pero "¡Qué fácil hubiera sido poder balancear entre inflación y desempleo!" (pensarían).
En la actualidad somos conscientes de que inflación (más estancamiento) y desempleo pueden cohabitar en un mismo espacio-tiempo. Si bien aceptamos que gran parte del incremento de los precios que estamos viviendo se debe a una inflación de costes - los chinos han dejado de exportar deflación (reducciones de precios) para importar inflación – también tendremos que aceptar que se han dado ciertas alegrías en la expansión del gasto por parte da algunos gobiernos.
Dicho de otro modo, se produce un maridaje entre estancamiento e inflación a consecuencia del intento de los gobiernos de reducir el desempleo mediante el impulso del aumento del gasto público.
Aumentar gasto público para estimular la economía, lo que se conoce como demanda agregada, a costa de tímidos aumentos de la inflación es lo mismo que malcriar a un hijo. Si, no le pones límites y siempre le dices que “si”, cuando se los impongas y le tengas que decir que “no”… surgirá un drama familiar. Alimentar la bestia del gasto público tiene cierta utilidad a corto plazo… en tanto los trabajadores no se dan cuenta de que la inflación se está comiendo sus nóminas. A partir de ese momento sucede lo que ha sucedido recientemente, huelgas y más huelgas con reivindicaciones salariales: los médicos, los funcionarios de justicia, los profesores, etc.
¿Qué propone la teoría económica para salir de esta situación?: mayor flexibilidad laboral, disminución del incentivo a permanecer desempleado, fomentar las políticas de empleo activas, menor intromisión del Estado en la economía, menos impuestos y dejar a los agentes económicos privados asignar de forma eficiente sus recursos.